En septiembre de 2026 se cumplen 190 años de un episodio singular en la historia local, la batalla de Villarrobledo.
Desde la Asociación Histórico-Patrimonial «La Bravera de Villarrobledo» hemos preparado un itinerario histórico cuya extensión se corresponde con los principales espacios de Villarrobledo en los que tuvo lugar la famosa batalla.
Contexto histórico
Año 1833. La muerte de Fernando VII puso en el trono español a su hija, la entonces princesa de Asturias Isabel II, de apenas tres años de edad, bajo la regencia de su madre, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. Este hecho despertó la ira del hermano del difunto monarca, el infante Carlos María Isidro, quien, junto a sus partidarios, declaró la guerra al recién iniciado gobierno de su sobrina. Para mantenerse en el poder, la reina se alió con los liberales, mientras que el otro pretendiente al trono abanderaba la causa del absolutismo regio.
Más que un conflicto familiar, la recién iniciada Primera Guerra Carlista fue el enfrentamiento entre las tesis liberales —libertad individual, soberanía nacional, derechos civiles y propiedad privada— y el absolutismo representado por el carlismo —Dios, patria, fueros y rey—.
Los partidarios del régimen isabelino dominaron la mayor parte del Estado español, mientras que los principales bastiones carlistas se concentraron en las provincias vascas, el Pirineo catalán y el Maestrazgo —entre Cataluña, Valencia y Aragón—. Para aliviar la presión liberal que sufrían los absolutistas en el teatro de operaciones del Norte, en junio de 1836 se inició una expedición liderada por el carismático Miguel Gómez, quien partió de la localidad alavesa de Amurrio con unos 2.780 efectivos en dirección oeste y con el objetivo de ampliar las zonas de guerra.
En agosto de ese mismo año, Gómez planteó un ataque sobre Madrid, pero, ante la falta de soldados para poder tomar la capital española, desvió su rumbo hacia el levante peninsular, uniendo sus fuerzas a las del cabecilla carlista del Maestrazgo, Ramón Cabrera, en Utiel (Valencia), quien aportó unos 3.460 efectivos.
Una vez ampliada, la columna carlista partió de Utiel el 15 de septiembre de 1836 con dirección a Madrid. Atravesaron Casas Ibáñez (15 de septiembre), Albacete (16 y 17 de septiembre), La Roda (18 de septiembre) y finalmente llegaron a Villarrobledo el 19 de septiembre. No estaban solos: desde hacía tiempo les perseguía una expedición liberal comandada por Isidro Alaix —en sustitución de Baldomero Espartero—, a cuyas 4.500 unidades de infantería se sumaron las 210 unidades de caballería lideradas por Diego de León, quien mandaba el Regimiento de Húsares de la Princesa, la mejor unidad montada del conflicto.
Ellos partieron el día 16 de septiembre de Carboneras de Guadazaón (Cuenca), continuaron por Campillo de Altobuey (17 de septiembre), Tarazona de la Mancha (18 de septiembre) y San Clemente (19 de septiembre), para interceptar a los carlistas en Villarrobledo al amanecer del 20 de septiembre.
Villarrobledo en el primer tercio del siglo XIX
Para el momento que nos ocupa, Villarrobledo era una población que contaba con aproximadamente 8.000 habitantes. Desde el 4 de julio de 1836 se había anexado a la provincia de Albacete, dentro de la administración del partido judicial de La Roda.
Se trata de una población enmarcada en un complejo lacustre, del que destaca la laguna conocida como la Vega de San Cristóbal, localizada al sur de la localidad y que antaño le dio el nombre de Villarrobledo de la Vega.
El crecimiento del citado núcleo urbano incorporó también a su trazado una gran laguna conocida coloquialmente como Los Carrillos, de la que nacía un curso de agua denominado comúnmente el Corredero, que alimentaba las acumulaciones de agua meridionales al mismo tiempo que discurría hacia el río Záncara.
Al estar Villarrobledo construido sobre una serie de elevaciones dominantes respecto a los humedales de la zona, la propia escorrentía alimentaba igualmente las lagunas ubicadas al este y al norte de la Villa.
La abundancia de agua propiciaba que los suelos villarrobletanos fueran particularmente fértiles, por lo que la producción agrícola era abundante y dotó de fama e importancia a la población.
Al tener el estatus de Villa, una línea de muralla protegía y delimitaba Villarrobledo. Se trataba de una fortificación hecha de tapial, con aspilleras que facilitaban la defensa de la plaza.
Dentro de sus muros, la población se distribuía en diferentes áreas productivas. El centro neurálgico de la Villa se localizaba en la Plaza Vieja —actual Plaza de Ramón y Cajal—, donde se situaban los principales edificios civiles y religiosos, así como las viviendas de las familias de la élite política y económica local.
El grupo social más numeroso, el campesinado, habitaba de manera irregular y dispersa la mayor parte de la población —generalmente con menores recursos económicos—. Solían residir en mayor medida en las inmediaciones de las puertas de la muralla, que permitían un acceso más directo a las tierras de labor. La mayor parte de este colectivo estaba formada por jornaleros sin tierra —al servicio de las élites latifundistas locales—, arrendatarios y, en menor medida, aparceros.
Con fama particular y con un distrito propio, hay que referirse al distrito tinajero, localizado al norte del Corredero del Agua y en el que se emplazaban buena parte de las infraestructuras productivas especializadas en cerámica, comúnmente conocidas como tinajerías.
Este distrito industrial extraía las materias primas que necesitaba para funcionar de los abundantes yacimientos de barro localizados al norte de la muralla, cuya explotación configuró un paisaje minero en forma de areneros —explotaciones a cielo abierto— y barreros —explotaciones subterráneas—.
También relacionados con la industria, rodeando Villarrobledo existían molinares ubicados en las principales elevaciones circundantes, fundamentalmente en torno al Camino Real de Cuenca, al norte, y la Vega de San Cristóbal, al sur.
Debe citarse asimismo el distrito mercantil, ubicado fundamentalmente en las proximidades de la laguna de Los Carrillos, que ofrecía un espacio abierto para la mayor parte de las transacciones comerciales locales.
Finalmente, y con función religiosa, cabe mencionar las ermitas de Santa Ana, la Virgen de la Caridad y San Cristóbal, así como el convento de San Francisco, estando todas estas construcciones ubicadas extramuros de Villarrobledo.
Itinerario de la batalla
A diferencia de la concepción común que se tiene sobre las acciones bélicas, en las que dos ejércitos se enfrentan en un campo abierto libre de obstáculos, la acción de Villarrobledo tuvo dos escenarios principales: el interior de la Villa y los llanos situados al sur de la misma.
Como se verá con más detenimiento en las próximas páginas, la batalla comenzó con el asalto isabelino a la Villa desde la puerta norte, por la que accedieron sin apenas dificultad.
Después de una serie de enfrentamientos por las calles principales —que articulaban el trazado urbano desde los accesos de la muralla hacia el centro de la población: la Plaza Vieja como distrito político y Los Carrillos como distrito comercial—, las fuerzas isabelinas lograron tomar la propia Villarrobledo.
La parte más conocida del enfrentamiento se desarrolló en la Vega de San Cristóbal, al sur de la Villa, momento en que los carlistas ofrecieron una feroz resistencia contra los atacantes liberales. Tras una serie de duros combates y un leve estancamiento del enfrentamiento —en el que los isabelinos mantenían cierta ventaja—, la caballería isabelina efectuó una serie de cargas contra la retaguardia carlista que terminó con la retirada de los partidarios del bando absolutista y la victoria de los leales a la reina niña Isabel II.
Por lo tanto, y a partir de lo señalado, seguir el itinerario de la acción de Villarrobledo permite al visitante recorrer de primera mano un capítulo de la historia de España mientras, paralelamente, se impregna de la cultura manchega de Villarrobledo.
Primera fase: combates intramuros
Primera parada
Calle de la Virgen: puerta norte de la muralla
Veinte de septiembre de 1836. Tras una larga persecución, la fuerza isabelina comandada por Isidro Alaix y Diego de León intercepta finalmente en Villarrobledo a la expedición carlista de Miguel Gómez y Ramón Cabrera, cuyo objetivo es tomar Madrid.
A sabiendas de que un contingente isabelino les perseguía, los oficiales carlistas no consiguieron llegar a un acuerdo de actuación, debido a que Cabrera insistía en prepararse para el ataque inminente sobre Villarrobledo, mientras que Gómez desestimaba esa posibilidad.
Tal descoordinación facilitó que las fuerzas de infantería isabelina penetrasen en Villarrobledo por la puerta norte, acompañadas de cornetas de caballería. Entraron sin apenas resistencia y encontraron al contingente carlista desorganizado. Por un lado, los soldados isabelinos buscaban a los integrantes de la columna de Gómez casa por casa, mientras las cornetas tocaban dianas a modo de orden. Por otro lado, los carlistas trataban de organizarse mientras se sucedían los primeros combates urbanos.
Por su parte, Diego de León, al mando de la caballería isabelina, rodea Villarrobledo por los límites occidentales de la Villa, neutraliza a la guarnición carlista que custodiaba San Cristóbal y oculta sus fuerzas montadas en un olivar cercano.
Las pocas tropas carlistas que consiguen reagruparse lo hacen de manera desorganizada junto a las unidades que Ramón Cabrera había desplegado por iniciativa propia la noche anterior en el molinar ubicado en la Vega de San Cristóbal, con la intención de contrarrestar la ofensiva isabelina.
Segunda parada
Plaza de la Constitución: laguna de Los Carrillos
La hoy desaparecida laguna de Los Carrillos ocupa un lugar privilegiado en la localidad, ya que en ella confluyen buena parte de las principales vías que articulan la población. Hay que tener también en cuenta que el paisaje urbano de Villarrobledo, caracterizado por la gran cantidad de construcciones religiosas, permitía la orientación y distribución de las fuerzas atacantes, que poco a poco iban tomando la Villa pese a la resistencia que ofrecían los carlistas.
Hay que citar también que el curso de agua que nacía en la laguna de Los Carrillos —y que hoy se ha fosilizado como la calle Corredero del Agua— dividía la Villa en dos zonas: una «zona baja» al norte de este curso y una «zona alta» al sur del mismo.
La noche del 19 al 20 de septiembre, las tropas de Cabrera —las que tuvieron permiso para descansar— pernoctaron en las zonas bajas, mientras que las de Gómez lo hicieron en las zonas altas, alrededor de la Plaza Vieja, la mejor defendida del casco urbano.
Poco a poco, los combates dentro de la Villa se iban recrudeciendo. Los integrantes de la columna de Gómez y Cabrera se iban reagrupando, mientras que las guerrillas absolutistas dificultaban el persistente avance de las tropas liberales.
Tercera parada
Calle del doctor Cabrera: casa de José Morcillo Cabrera y Ana María Ortiz Moya
Nos encontramos en la casa del doctor Cabrera, célebre jesuita villarrobletano del siglo XVIII. En ella pernoctó Miguel Gómez la noche del 19 al 20 de septiembre. Ante la desestimación del ataque isabelino por parte del mencionado líder carlista, las tropas que dependían de él tuvieron permiso para descansar.
Al encontrarse ubicadas en la zona alta de Villarrobledo, la resistencia que ofrecieron a los atacantes fue más contundente, ya que también contaban con la ventaja de la altura en la que se situaba el distrito.
El trazado urbano irregular de la Villa, que combina calles anchas y estrechas, no hizo fácil la toma de la población por parte de Alaix, a pesar de que este dijese lo contrario en su informe de batalla.
Los citados combates intramuros tuvieron un efecto doble en el desarrollo del enfrentamiento: mientras que, por un lado, los isabelinos pudieron tomar Villarrobledo, los carlistas ganaron tiempo y lograron reagruparse en la vega de San Cristóbal para ofrecer una respuesta lo más conjunta posible.
Segunda fase: combates extramuros
Cuarta parada
Cruce Calle de la Estación con Calle de la Dolorosa
La llegada más rápida a la Vega de San Cristóbal desde la Plaza Vieja se logra a través de la puerta sureste de la muralla, de la que nace el antiguo camino de Andalucía en dirección a Munera y Alcaraz.
Ramón Cabrera había dispuesto a una gran parte de sus tropas en una zona de la Vega de San Cristóbal conocida entonces como los Molinos, localizada en una elevación relativamente próxima al hoy desaparecido convento de San Francisco.
Ante la complejidad de coordinar los combates en las calles —más aún ante la superioridad isabelina en las mismas— y sumadas las disensiones con Gómez, Cabrera optó por desplegar la mayor parte de sus tropas en el citado molinar y resistir allí el ataque liberal.
Cabe matizar que, aunque en estos contextos mantener una población fortificada supone una ventaja, la irrupción liberal en Villarrobledo provocó tal desorden entre las tropas absolutistas que, llegado el momento, estas prefirieron plantear batalla en campo abierto, extramuros, al sur de la población.
Quinta parada
Calle Nueva: mirador de la batalla
Nos encontramos en la propia Vega de San Cristóbal, un punto de la llanura lacustre desde el que se vislumbra casi en su totalidad el campo de batalla. A la izquierda, se puede ver el hoy desaparecido molinar en el que se desplegaron las fuerzas carlistas de Ramón Cabrera –en la ubicación del mismo actualmente se pueden ver infraestructuras ferroviarias e industriales–, justo enfrente vemos la Vega de San Cristóbal en su totalidad y a la derecha, vislumbramos la ermita homónima que da nombre al emplazamiento en el que nos encontramos.
Esta ubicación estaba lo suficientemente lejos de la muralla de Villarrobledo como para que las tropas desplegadas en campo abierto no fueran alcanzadas por los disparos efectuados desde las defensas de la Villa.
Si bien las tropas de Cabrera se encontraban formadas y organizadas desde la noche anterior y pudieron ofrecer una resistencia efectiva contra los envites de Alaix, las fuerzas de Gómez se incorporaron de manera accidentada y desorganizada a las líneas de combate, lo que dificultó la coordinación entre ambos oficiales.
A pesar de que las fuerzas carlistas habían perdido el control de Villarrobledo, es en este punto donde el enfrentamiento resultó más cruento. Tanto las fuentes liberales como las carlistas coinciden en señalar que la forma de proceder de Ramón Cabrera equilibró notablemente las tornas del combate.
Las líneas de combate quedaron fijadas y estancadas en un intercambio constante de fuego. No obstante, la descoordinación con las tropas de Gómez, que se incorporaban de manera desorganizada a la Vega de San Cristóbal, implicó un punto de quiebre para las fuerzas absolutistas, que poco a poco iban cediendo terreno.
No debe olvidarse que, a pesar de que el foco de la acción en este punto sea la Vega de San Cristóbal, todavía se sucedían combates dentro de la propia población, entre las tropas ocupantes y aquellas que pretendían reagruparse.
Sexta parada
Plaza del Rollo: parte occidental de la vega de San Cristóbal
Hemos llegado a uno de los puntos más emblemáticos de la villa, la hoy desaparecida Plaza del Rollo localizada en las proximidades de la puerta suroeste de la Villa.
En este mismo sitio tenemos constancia, aunque mal documentada de la eficaz acción que realizaron las guerrillas isabelinas contra las tropas carlistas que trataban de reagruparse con la fuerza insurrecta desde este punto de la población.
Respecto a los combates principales en el llano, cabe resaltar que conforme la potencia de fuego de las líneas carlistas iba perdiendo contundencia, la infantería isabelina comenzaba a efectuar cargas cada vez más decididas contra sus contrarios, lo que desataba cruentos combates que, o bien mantenían la línea estancada, o permitían tímidos avances liberales.
Como se ha visto, los combates en la Vega de San Cristóbal no eran los únicos. Además de algunas refriegas persistentes localizadas en distintos puntos de la Villa, también se tiene constancia de las acciones que efectuaban las guerrillas isabelinas en las puertas situadas al sur de la muralla contra las tropas carlistas que todavía trataban de unirse al enfrentamiento principal.
La caballería carlista estaba impedida de realizar maniobras envolventes contra el cuerpo principal isabelino, debido a que este se encontraba protegido por la proximidad a las murallas de la Villa. No obstante, los équites carlistas trataron de repeler a las guerrillas liberales localizadas en la puerta del Rollo.
En uno de estos momentos, Diego de León —quien había ocultado a sus tropas de caballería isabelina en un olivar cercano a San Cristóbal tras neutralizar a su guarnición— aprovechó que las fuerzas montadas carlistas dejaban desprotegida su retaguardia para iniciar las maniobras que sentenciaron el fin de la contienda y consolidaron su prestigio.
Tercera fase: cargas de Diego de León
Séptima parada
San Cristóbal
«El llano de Villarrobledo presentaba por demás un aspecto siniestro y conmovedor», nos cuenta Joaquín Roa Erostarbe. Aunque los combates eran feroces e incluso parecía haber indicios de que finalmente los carlistas se impondrían, lo cierto es que, poco a poco, las fuerzas liberales iban ganando terreno.
Apenas llegado el mediodía, el foco principal de la acción se localizaba en la Vega de San Cristóbal. Las tornas de la batalla se mostraban indecisas, a pesar de que los isabelinos iban ganando terreno paulatinamente. Ninguno de los bandos contendientes había logrado hasta ese momento un golpe decisivo.
La situación cambió cuando la caballería isabelina de Diego de León emprendió una serie de cargas que desbarataron a las fuerzas absolutistas. Abandonando su escondite entre las olivas próximas a San Cristóbal, Diego de León, al frente del Regimiento de Húsares de la Princesa y de sus lanceros, atacó en primer lugar a la caballería carlista, que estaba tratando de neutralizar a las guerrillas isabelinas en la parte occidental del frente.
Con una eficaz maniobra de falsa retirada, Diego de León dispersó a su contraparte carlista, liderada por José Miralles «el Serrador» y Joaquín Quílez, la cual superaba a los équites liberales en una proporción de casi cinco a uno.
Una vez eliminadas las fuerzas montadas absolutistas, Diego de León desvió su atención hacia los combates de infantería, estancados desde hacía tiempo entre la ventaja isabelina y la indecisión. Emprendió una maniobra que rodeó la hoy desaparecida laguna de San Cristóbal y realizó una serie de cargas contra la retaguardia de la infantería carlista, que terminaron por provocar la retirada final de la hueste absolutista y la victoria definitiva del bando isabelino en la contienda.
Apenas llegado el mediodía del 20 de septiembre de 1836, la acción de Villarrobledo tuvo un desenlace victorioso para la columna isabelina de Isidro Alaix, que consiguió derrotar a una fuerza que la duplicaba en efectivos, salvando Madrid de un ataque inminente que, si bien difícilmente habría hecho capitular a la capital española, sí habría supuesto un serio descrédito para el bando isabelino.
Inmediatamente, Alaix envió el informe del triunfo al alto mando isabelino, que lo publicó en la Gaceta de Madrid. En él se afirmaba que la acción había sido rápida y con pérdidas mínimas para el bando gubernamental. Sin embargo, la realidad apunta a que los carlistas sufrieron aproximadamente doscientas bajas mortales y que, en contra de lo que sostenía el parte isabelino, las tropas liberales tuvieron un número de pérdidas humanas similar al de sus adversarios.
Las fuerzas isabelinas también capturaron entre 1.200 y 1.500 prisioneros, lo que las obligó a paralizar la persecución para gestionar adecuadamente a los cautivos y el ingente botín obtenido. Esta situación resultó beneficiosa para la Expedición de Gómez, que no fue dispersada gracias a la gestión de Ramón Cabrera y pudo continuar su trasiego, no hacia Madrid, pero sí hacia el sur, demostrando que el poder que ejercía el gobierno central sobre los territorios bajo su competencia era muy débil.
Balance
Como se ha visto, la batalla de Villarrobledo fue una acción rápida y contundente, aunque cubierta de incógnitas. Ante todo, fue una victoria isabelina que impidió a una columna carlista atacar Madrid, lo que habría supuesto una pérdida de prestigio para el gobierno liberal.
Al contrario de lo que afirmaban los informes del ejército victorioso, las investigaciones recientes aportan una serie de datos que matizan y completan lo que tradicionalmente se ha dicho sobre este suceso histórico, acontecido hace ya 190 años.
La fuerza carlista perdió aproximadamente a 200 efectivos, a los que se suman entre 1.274 y 1.466 prisioneros capturados por el bando gubernamental. Por su parte, los liberales contabilizaron cuatro bajas mortales y alrededor de sesenta heridos; sin embargo, esta cifra ha sido ampliamente debatida por las fuentes coetáneas y actuales, elevándose en algunos estudios las pérdidas isabelinas a un número similar al de los carlistas. Lamentablemente, obtener datos precisos resulta extremadamente complejo.
Debe destacarse la campaña propagandística y de ascensos que se articuló entre los vencedores de la contienda. Isidro Alaix fue ascendido a general, condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando y nombrado vizconde de Villarrobledo —título hoy extinguido—. Diego de León fue ascendido a brigadier y, junto a su Regimiento de Húsares de la Princesa, recibió su segunda Cruz Laureada de San Fernando; además, fue celebrado como el «héroe de Villarrobledo».
No obstante, la caída en desgracia política de estas figuras a lo largo del reinado de Isabel II —la enemistad de Alaix con Narváez y el fusilamiento de Diego de León por su participación en el golpe de Estado contra Espartero— favoreció el borrado de la victoria de Villarrobledo en la memoria liberal española.
La propia Villarrobledo también recibió sus condecoraciones particulares, como el medallón conmemorativo en el que se grabó la efeméride: «Riñose en los campos de San Christobal de esta Villa la batalla que las tropas del General Don Isidro Alaix y la caballería del coronel Don Diego de León ganaron a las facciones carlistas de Gómez y Cabrera el día 20 de septiembre de 1836». Este medallón, tristemente borrado en algún momento del siglo XIX, puede verse hoy en la fachada del Ayuntamiento con su correspondiente damnatio memoriae.
Sin embargo, el vestigio más vigente de la batalla que ha sobrevivido hasta nuestros días es el himno oficioso de la ciudad: la Diana de Villarrobledo, la cual, a pesar de las numerosas incógnitas que orbitan en torno a su origen, es sin duda una de las grandes piezas del cancionero liberal decimonónico español. Una oda a la libertad que aspiraba a inspirar a los pueblos de la Europa del siglo XIX y que hoy compartimos con la localidad guipuzcoana de Irún.
Por su parte, los carlistas no realizaron grandes ejercicios de difusión sobre el episodio bélico, ya que se trató de una derrota que estuvo a punto de dispersar por completo a la columna. Más aún, la derrota en Villarrobledo fue un punto importante en la enemistad que desarrollarían en el futuro Miguel Gómez y Ramón Cabrera. A pesar de que la actuación de este último impidió la neutralización de la columna insurgente, la batalla fue recordada como un descalabro para ambos oficiales, aunque continuaron con la expedición tiempo después.
Finalmente, no sabemos gran cosa sobre los estragos del enfrentamiento, más allá de los daños materiales y del deterioro de las infraestructuras públicas, particularmente la muralla. También desconocemos la cifra de víctimas civiles —si las hubo—, aunque es razonable suponer que existieron, dado que una parte importante de los combates se desarrolló dentro de las murallas de la Villa.
La ermita de San Cristóbal se desplomó años después de la batalla debido a su estado de abandono y a los corrimientos de ladera que afectaban al cerro en el que se erigía. Aunque fue reconstruida en el siglo pasado, su actual deterioro hace que permanezca en pie como un testigo mudo de la historia local, de las lágrimas y alegrías que han construido la ciudad de Villarrobledo. Y, si no se actúa contra su degradación, terminará por quedar enterrada en las arenas de la desmemoria y el olvido.
Conclusión
La batalla de Villarrobledo no fue únicamente una escaramuza aislada. Fue un episodio bélico que contribuyó a afianzar el sistema liberal que se estaba implantando en España de la mano de Isabel II, de su madre María Cristina de Borbón y, sobre todo, de las nuevas élites liberales que aspiraban a consolidar su posición en los distintos espacios de poder.
El devenir de los acontecimientos quiso que fuese Villarrobledo el lugar en el que algunas figuras de segunda fila del ejército isabelino obtuvieran ascensos y protagonismo en la política de la época gracias a derrotar a algunas de las personalidades más destacadas del carlismo.
Más allá de la acción bélica, resulta especialmente interesante aproximarse a un periodo concreto y a una sociedad a través del estudio de un acontecimiento histórico. En este sentido, los hechos analizados en su contexto permiten comprender los procesos de larga duración. Dicho de otro modo, estudiar la batalla de Villarrobledo abre la puerta a conocer el proceso de la Revolución Liberal no solo en España, sino también en la propia Villa. Es ubicar y dar voz a las gentes que, sin saberlo, estaban viviendo uno de los procesos que contribuyó a forjar la sociedad que tenemos hoy en día.
Como colofón, estudiar Villarrobledo y los espacios en los que se desarrolló la batalla permite ampliar el conocimiento y la memoria no solo de la ciudad, sino del país. Recorrer in situ ciertos lugares, preservar el Patrimonio Histórico y recuperar nuestra memoria colectiva —más allá de la acción bélica—, empaparse del Villarrobledo (o del lugar que sea) que sus gentes contribuyeron a levantar en el pasado, cimenta nuestra conciencia social y contribuye a mejorar el presente.